
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Mario Isidro Moreno (*) – 18.10.2026
Hubo un tiempo en que las camas no se compraban, se heredaban.
Eran catres de bronce, altos y orgullosos, con barrotes fríos al amanecer y medallones dorados que guardaban el reflejo de la luz de la tarde.
Crujían un poco al sentarse, como si saludaran.
Debajo, el somier –ese entramado de tensos alambres rizados- era el corazón elástico de la casa.
Sonaba a infancia, a siesta prohibida a saltos a escondidas.
Y sobre él, el colchón de lana. No de espuma, no de memoria. De lana verdadera, de oveja, cardada a mano por nuestra madre o por la abuela en el patio, al sol.
Pesaba. Olía a campo, a limpio, a invierno resguardado.
En verano se sacaba a apalear y una nube de polvo y de recuerdos quedaba flotando en el aire.
Acostarse allí no era solo dormir, era hundirse, abrigarse, volver al vientre.
Todos los antiguos tuvimos uno. O todos conocimos uno en la casa de los abuelos.
En casa tuvimos un catre de bronce al cual yo le sacaba las pequeñas esferas para jugar a las bolitas, que algunos llaman “canicas”.
Con el tiempo, alguna de sus piezas se soltaba y había que atarlas de alguna manera para que no se perdieran.
Y el somier…tiene su historia…
Su nombre proviene de la palabra del francés medieval “sommier”, que se utilizaba para referirse a un animal de carga. Voz que a su vez venía del bajo latín “saumarius” derivada de sagma -que significa albarda o el aparejo que se le pone a los animales para cargar cosas.
Con el tiempo, los fabricantes de muebles en Francia empezaron a usar el término como una metáfora. Al ser la estructura encargada de «cargar» o soportar todo el peso del colchón y de la persona, pasó a llamarse somier.
¡Cuántos recuerdos nos traen esos somieres!
Aquellos que había que sacarlos los domingos al sol y ponerles agua caliente para librarlos de los chinches que se alojaban en su estructura.
Se instalaban en los “largueros” del catre y había que atarlos para que no se deslizara y terminaran sus ocupantes en el piso.
Había somieres con patas. Aquellos que estaban de reserva ante una emergencia en la llegada imprevista de alguna visita.
¡Cuánto soportaron los somieres los saltos de los niños que utilizaban la cama como cama elástica!
Y también fueron los somieres cómplices de las parejas, llevando el vaivén del amor. Pero eran partícipes un tanto bulliciosos que alertaban a los vecinos con su crujido rechinante, el cual era apagado con un momento de tregua amatoria.
El uso constante requería de la atención de especialistas en arreglar esos viejos soportes. Y los dueños estaban alertas para cuando pasara el maestro voceando su importante labor:
-¡Estiroooo somiereeeees! ¡Y sueldo bacinicaaaas!
Y nos queda el colchón. La palabra viene del latín “culcĭta” que significa «colcha» o «cobertura de cama», y funciona como un derivado o aumentativo.
Los árabes usaban "cojines" para dormir y los españoles adaptaron esa costumbre tras las Cruzadas transformando luego los cojines en colchones.
En épocas no tan lejanas, había colchones de lana de oveja, de una plaza, de plaza y media y de dos plazas.
Las madres y abuelas primero confeccionaban una bolsa de un género llamado “coty”, la cual rellenaban con lana. Cada cierto tiempo se desarmaba y la lana se sacaba para “apalearla y escarmenarla” para ser introducida de nuevo a la bolsa.
No todo el mundo tenía la condición económica de poseer un colchón entero o de dos cuerpos o dos libros. Antiguamente, fabricar o tener un buen colchón de lana pura era símbolo de bienestar y constituía uno de los elementos más importantes y preciados en el ajuar de matrimonio. Incluso este se completaba con un hermoso y bordado plumón que, la mayoría de las veces estaba relleno con suaves plumas de ave.
Hubo algunas humildes colchonetas llamadas “pallasas” confeccionadas con género de sacos de harina y rellenas, especialmente en la zona central del país, con paja de trigo u hojas de choclo.
¡Cuántos deben recordar aquellos días en que se “guardaba dinero bajo el colchón” o se debía sacar el colchón a secar al sol cuando su ocupante “pasaba el río”, por sufrir de enuresis nocturna!
Muchos, ocuparon los servicios del señor Tureuna, colchonero que los “remozaba” los colchones de lana en su hogar del sector Club Hípico.
Hoy, las camas son silenciosas, livianas, perfectas. No crujen, no pesan, no huelen a nada. Se olvidan.
Pero el catre de bronce, el somier y colchón no se olvidan. Porque no eran sólo muebles. Eran un altar doméstico donde se nacía, donde se amaba, donde se velaba la fiebre de un niño con paños fríos y donde, al final, se cerraban los ojos por última vez.
(*): Folclorista, investigador y escritor colchagüino radicado desde 1967 en la austral ciudad de Punta Arenas.
Fotografías: Gentileza MIM.











































































































