
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Mario Isidro Moreno (*) – 31.10.20
Plañidera viene de plañir (sollozar) del Latín “Piangere” y es el nombre que se le dio a las mujeres que eran contratadas para llorar a algún difunto de manera que su lamento se convirtiera en una especie de purificación al aumentar la tensión dramática del momento.
Es así que esta tradición se llevara a cabo en aquellos ya tan escasos velorios en que la ceremonia de acompañamiento de la familia en su pesar pasaba a ser un ritual que era acompañado con vino bien regado y comilonas rayando el banquete.
Aparte del rol de actrices trágicas, las plañideras o lloronas servían de posta para que los deudos pudieran atender de buena forma a los invitados.
Pero esta profesión tiene larga data, desde el antiguo Egipto comienzan a aparecer de manera oficial, y sus manifestaciones eran variadas: lamentos que podían convertirse en gritos descontrolados, dándose golpes en el pecho, echándose tierra en la cara, cabeza y cuerpo, o tirándose los cabellos con energía llegando en algunos casos a arrancárselos; es decir, acciones que permitan dar sentido al profundo dolor que implica la pérdida de un ser querido.
Después del largo velatorio acompañado de cazuelas, vino y mistelas, la romería al cementerio y el posterior entierro también contaba con la compañía de éstas diosas del lamento.
Una vez que se volvía a la casa y finalizado el triste periplo, a las Plañideras se les acababa la pena por arte de magia y pedían su justa paga por su tan buena actuación, ya sea dinero, o víveres (trigo, yerba mate o harina).
Hoy en día el oficio es cada vez menos visto y sólo sobrevive en los arrabales de las ciudades o en sectores rurales de la América Latina.
UNA HISTORIA DE LLORONAS, "LÁGRIMAS CON PRECIO"
Con los ojos hinchados e inundados en llanto, vestida de negro, con manto del mismo color, y un pañuelo blanco, la llorona conmovió a los asistentes al velorio de un difunto.
Las manifestaciones de pesar, los abrazos consoladores y las palabras de aliento, le llovían a esta delgada y diminuta mujer de pelo cano y desgreñado, con aspecto campesino, arrugas en su cara y escasa dentadura.
No era para menos. Los alaridos, quejas y desmayos pasajeros la convertían en el centro de atracción del velorio. Aquellos que se asomaban por la ventana de la casa donde estaba el féretro, suponían que esa anciana era la esposa del difunto. Pero en realidad ella nunca conoció al muerto, ni tenía nexo familiar alguno con los deudos. Ella fue contratada para llorar en aquel velorio, igual que lo ha hecho en muchos más. Esa es su profesión. No solo ella vive del dolor ajeno, son muchos los hombres y mujeres que se dedican a esta labor de llorar en velorios, conocida como las plañideras, pues en su mayoría son del sexo femenino, que en sus ratos libres se rebuscan la manera de ganarse un peso extra. Su nombre lo adquirieron de su habilidad para plañir, o sea gemir, quejarse o lamentarse.
Esta modalidad nació en los años 20 en los pueblos campesinos a raíz de un aguero infundado por los arrieros, quienes aseguraban que en los campos salía la llorona, una difunta a quien sus familiares y amigos jamás lloraron, y por eso su alma vaga y pena en busca de lágrimas.
El llanto de los familiares no era suficiente, y por ello los mejores amigos de la familia hacían el favor para que el alma de su conocido descansara en paz en el más allá.
En veredas y pueblos pequeños no era difícil encontrar quién lo hiciera, pues la mayoría de los habitantes eran amigos entre sí. Por eso no se cobraba.
La modalidad de cobro se vino a dar en las ciudades. Quienes vivían en la urbe y tenían la creencia, al momento de fallecer un familiar mandaban traer amigos de provincia para llorar el cadáver, así hubiera que pagarles pasajes, estadía y show. Nació así una fuente de trabajo insólita, pero con un profundo significado para el descanso eterno.
Surgieron especialistas en el lloriqueo que llegaron incluso a ridiculizar su profesión, y a comienzos de los años 70 adoptaron tarifas diferenciales.
Llorada normal, a 300O pesos el día. Llorada con aspavientos, 400O pesos. Llorada con pataleta y simulacro de infarto, 500O pesos.
Algunos más osados, amagan hasta con tirarse al hueco para abrazar el ataúd y darle el último adiós al difunto. Hoy, cobran entre 10 y 20 mil pesos por novena, y es difícil determinar cuántas existen. Se comenta que un colombiano conocido en la población de Belalcázar (Caldas) como Sangrelaso, se dio a la fama no solo por llorar, sino porque su actuación era tan convincente que ponía a llorar a los asistentes.
(*): Folclorista, investigador y escritor colchagüino, radicado desde 1967 en la austral ciudad de Punta Arenas.
Fotografías: Gentileza de MIM.











































































































