
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Ramón Lizana Galarce (*) – 31.08.2025
Avanzando hacia el medio siglo de la centuria anterior los lugareños de la costa pichilemina y de sus lagunas como la de Cáhuil y Petrel buscaron obtener los beneficios que ellas entregaban y se adentraron en sus dominios.
Había una necesidad imperiosa de extraer de sus aguas los alimentos que ellas producían para alimentar a sus familias y a la disminuida población de aquel entonces.
LAGUNA DE CAHUIL
Fue en Cáhuil, pueblo lacustre al Sur de Pichilemu donde sus pobladores atendiendo sus necesidades de transportar la sal de mar que se producía en la zona y que debía ser trasladada a ciertos galpones de almacenaje, debieron ante ello, utilizar embarcaciones que surcaran los distintos puntos y así conectar esos sectores, ante la falta de caminos rodoviarios expeditos.
Igualmente, estas embarcaciones les permitía cruzar la laguna hasta la zona de Fundo el “Pangal” de propiedad de Alberto Araneda, siendo un transporte más rápido y corto, en especial cuando la laguna y el mar se juntaban en aquellos fríos meses de invierno.
La laguna de Cáhuil, pródiga en “pejerreyes” y “lisas” invitaba a Roque Guajardo, a Lucho, Hugo y Alberto Leiva Orellana, a Rosalindo Quinteros y a “Chaguito”, entre otros, a internarse en la laguna en búsqueda de ese tipo de peces que abundaban en sus aguas.
En los primeros años de la década de 1970 se conectó Pichilemu con Cáhuil mediante un camino próximo a la costa el mismo que provocó un incremento tanto en los turistas como en la población obligando a generar nuevas opciones, debiéndose instalar una balsa unos kilómetros al sur de Cáhuil con el firme propósito de transportar vehículos, animales y personas que requerían cruzar la laguna hasta la zona del frente que conducía hacia Bucalemu, playa costera que ya estaba alcanzando un alto renombre por la zona.
Se industrializó la laguna formando criaderos de “choros zapatos” y de “ostras” modificando la vida esos pescadores artesanales de otrora, debiendo los mismos adaptarse a los nuevos tiempos dándole ahora un nuevo uso a sus embarcaciones el cual era llevar al turista en sus botes en largos paseos por la laguna, faena que permanece hasta el día de hoy.
De aquellos tiempos sólo quedan los recuerdos como su envejecida balsa, sus cuarteles salineros y el paseo en bote de Manuel Rojas Sepúlveda, influyente escritor de la literatura chilena que hasta hoy lo recordamos por su obra más insigne “Hijo de Ladrón”.
LAGUNA PETREL
La laguna Petrel, lugar de bañistas y poseedora de abundantes “cachambas”, “róbalos”, “pejerreyes” y “lisas” invitaba a los lugareños pichileminos a ir tras ellas hasta que la contaminación de la misma obligó a suprimir el “lance” de ese tipo de peces.
Pero fue a mediados del siglo pasado cuando Efraín Arraño Córdova con sus hijos Lucho, Eugenio y Tito instalaron embarcaderos artesanales para atracar algunos botes que Efraín Arraño Córdova asentó en la ribera de la laguna.
De la misma forma Evaristo Vásquez Sanhueza, venido de Lebu y que había naufragado frente a la costa de Pichilemu junto a sus hermanos Ernesto y Francisco, deciden radicarse frente a la laguna incorporando botes de paseos para los turistas.
El tren transportaba veraneantes que oteando el lugar, los consumía el interés por recorrer el lugar en esos botes hasta la isla que se ubica laguna adentro. Arrendaban botes remando ellos mismos o bien con remeros para esos paseos. Y ahí estaban prestos para transportarlos los remeros Eugenio y Tito Arraño, el Moncho Valenzuela y el Pato y Hugo Muñoz.
En los veranos, para la noche veneciana, cuando se elegía una Reina, era tradicional que la misma fuese paseada en un bote adornado con guirnaldas de flores en un recorrido por distintos puntos de la laguna, seguida de un séquito de adherentes que la vitoreaban durante todo el trayecto y que era aclamada igualmente por todos los asistentes ubicados en los distintos puntos de la ribera.
Igualmente para la fiesta de San Pedro y San Pablo que comenzaba con una misa en el sector donde se ubicaba la Quinta “Las Brisas”, posterior a ella, el patrono San Pedro era paseado por la laguna, seguido de una ferviente caravana de botes con adherentes, preferentemente hombres de mar, que pedían vehemente prosperidad y abundancia en sus tareas de extracción tanto en el mar como en la laguna.
LAS TERRAZAS
Inicialmente, los hombres de mar tiraban “el lance”, en la zona que comprendía desde La Puntilla hasta Chorrillos en búsqueda de la “corvina” y de algún otro producto que quedase entrelazado en sus redes. El Lucho Gómez, el Aquiles y Patricio Muñoz se internaban en la mar con cámaras a colocar las redes mientras otros con trajes de buzo como Domingo Orellana buceaba en lugares aún más peligrosos haciendo el lance a la bravura del mar y a sus roqueríos.
La playa de las Terrazas en ese entonces estaba inundada de carpas multicolores, correctamente en fila, que el veraneante utilizaba para socorrerse del viento reinante, del calor y del cambio de vestimenta. Lucho “Pato” Muñoz ayudado por Carlos Aguirre y el Pato Muñoz iniciaron el servicio de las carpas y posteriormente lo continuó Lucho Arenas apoyado por sus hijos el Lucho y el “Sheriff” que administraban las mismas armándolas y desarmándolas otorgando con ello un sentido y necesario servicio que era muy bien aceptado por el veraneante.
Mariscadores de orilla como Jorge González “Montón de humo”, los Carreños como “Vitalio”, el “Ruda” y el “Beto”, y Lalo “Terremoto” Aránguiz se les veía siempre cargando lo extraído de las rocas cercanas como los piures, las lapas, las jaibas, el luche, la chasca y los huiltes, abasteciendo con ello a los amantes de dichos productos.
En algún momento de esa época llegaron desde Llolleo y San Antonio pescadores en botes a motor y remos tras las “corvinas” que proliferaban en ese entonces asentándose con sus botes frente a la playa principal.
Lo anterior motivó a pichileminos como el Pato Guajardo “Pato Chonchón” y a el Chago, el Raimundo, el Pato, el Miguel, el Jorge, el Carlos, y el “Chuleta” de la familia Galaz a que adquirieran botes y se adentraran a la mar. Le ayudaban en sus retornos el Carlos Vargas, el Carlos Muñoz, y “Castañón”, además de otros comedidos, a ordenar esos verdaderos cargamentos de corvinas con el cual abastecían los restaurantes y residenciales.
Con el paso del tiempo a esos sectores los alcanzó la modernidad destruyendo la historia de esos lugares.
En la laguna de Cáhuil se construyó un puente derrumbando la magia de la balsa y la forma de llevar sus vidas sus pobladores.
En la laguna Petrel las aguas servidas contaminaron su ecosistema obligando a morir los paseos de las reinas, del patrono San Pedro y los paseos de los veraneantes.
En las Terrazas pudo más el asentamiento de los botes y de los Quioscos forzando con ello el término de esas carpas multicolores y de su playa que en su tiempo era la más concurrida.
La modernidad trae consigo bienestar y progreso, pero también degrada al individuo destruyendo su historia y sus formas de vida e inhibe la libertad tanto de él como de su comunidad.
(*): Profesor Universidad de Concepción, formado en esa casa universitaria penquista.
Fotografías: Archivos “Pichilemunews”/ASG.
































































































