
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Ramón Lizana Galarce (*1) – 18.01.2026
Corría el año 1905 cuando el “Gran Hotel Pichilemu” de propiedad de Agustín Ross Edwards abrió sus puertas a la élite chilena. Eugenio Díaz Lira (*2) titulado como médico cirujano fue parte de ese conglomerado de veraneantes que se convirtieron en asiduos visitantes del Hotel, con la diferencia de que el Doctor Díaz Lira complementaba sus vacaciones con su profesión atendiendo a los pichileminos que requerían servicios de salud.
Avanzaron los años hasta 1929 fecha en que junto a José Miguel Camilo Aguilar crearon el “Dispensario San Rafael”, el mismo que funcionó en Chacabuco con O’Higgins hasta 1940, tiempo en que se inaugura la “Casa de Socorros” a una cuadra y media de donde funcionaba el Dispensario por la misma calle Chacabuco casi al llegar a Manuel Montt.
En otro orden, allá por 1933 el alcalde Felipe Iturriaga Esquivel había estrechado amistad con un médico de ascendencia española proveniente de la región vasca, Basilio Sánchez Beguiristáin, al mismo que convenció para que trabajara en el Dispensario, función que realizó hasta que asumió como Director de la Casa de Socorros.
Al Doctor Sánchez, en este nuevo desafío le acompañaron Manuel Bustamante Ormazábal padre de Enedina y Doralisa que años después se integraron para cumplir funciones en la Casa de Socorros, Adolfo Gallegos, Digna Bozo, Juanita Becerra Jorquera -madre de los hermanos Bozo Becerra-, el practicante Raúl Llanca González y Aurora Salinas Pérez la misma que realizaba funciones de matrona. Y, en la parte administrativa, Guacolda Avilés de Rojas.
En una época donde predominaba el aislamiento por parte del poder central, las alternativas para suplir las falencias las realizaban “comadronas” con ciertos conocimientos en salud que asistían los “partos” en los domicilios pidiendo a los dueños de casa mantener una olla con agua hirviendo y paños limpios para llevar a cabo el servicio, tal como lo exigían Doña Eloísa domiciliada en Aníbal Pinto con Carrera, Doña Luchita de Guajardo en el pueblo lacustre de Cáhuil y Doña María “Canacho” de la Quebrada del Nuevo Reino.
Para componer huesos y quebraduras había que ubicar a Humberto Polanco Ortíz, primero en Buenos Aires y luego en José Joaquín Aguirre al lado del Cine Royal. De la misma forma, un poco antes de los años 70’s comienza a realizar la misma función Fernando González Aliaga -no vidente- pero con extraordinarias habilidades para componer todo tipo de fracturas de los lugareños que sufrían accidentes físicos.
En razón a la creencia popular de que los niños podían ser “ojeados” al adularlos sarcásticamente, se ubicaba a Doña Lindora o bien a su hija Bernardita Cabrera en la calle José Joaquín Aguirre, las mismas que “santiguaban” al bebé haciéndoles la señal de la cruz e invocando a la santísima trinidad. También trataban los “empachos “producidos por una mala digestión traducida en vómitos, diarrea, fiebre y gases. Igualmente, por el sector del “Llano” Doña Bernarda Cornejo realizaba idéntica función de “santiguar” con el firme propósito de eliminar todos los males producidos por el “mal de ojo”.
Avanzaron los años y el Doctor Basilio Sánchez Beguiristáin decidió echar raíces construyendo su casa en la esquina de Chacabuco con Manuel Rodríguez tarea que le encomendó al maestro Gerardo Villar, asignando una oficina para atender las emergencias de pacientes que precisaban cuidados urgentes.
Pichilemu aumenta su población y por la misma razón la Casa de Socorros incorpora nuevos funcionarios. Ingresan Luis Orellana a administración, Eliana Pavez, Anita López, Nelly Valdivia, Zulema Becerra Vargas, Elena “Nena” Becerra Vargas a funciones de auxiliares de enfermería. Entretanto Clarisa “Pepita” López apoyada por Aurora Salinas aprende los secretos para asistir los “partos” de las madres que buscaban atención en la Casa de Socorros.
Para cubrir la cocina llega Rosa Vargas de Galaz, para el aseo contratan a Fanny Cornejo y a Ana María Muñoz y para completar las incorporaciones ingresa a la lavandería Doña Salomé Vargas.
En la década del cincuenta llega la primera ambulancia, una Chevrolet Apache 1962 entregada al chófer Luis Hernán “Neno” Urzúa Quezada. En los años siguientes incorporan una Dodge 1965 asignada a “Tito” Sarmiento y ya a finales de la misma década un Jeep Renault que comienza a manejar Carlos Urzúa Púa.
Mientras las ambulancias cumplían la función de trasladar pacientes tanto a los alrededores de Pichilemu como llevarlos a hospitales de mayor complejidad de Santa Cruz, San Fernando, Rancagua y Santiago el Jeep Renault se encargaba de asistir a las “Postas” y Colegios de las comunidades cercanas llevando leche y demás insumos y vacunando al mismo tiempo, tarea que cumplían “Pepita” López Gaete y Mercedes Vargas Llanca.
Por cierto, que el Jeep Renault no sólo cumplía actividades de salud. Carlos Urzúa Púa junto a un grupo de amigos no encontraron nada mejor que emprenderlas para Santiago a ver un clásico entre Colo Colo y la Universidad de Chile, exigiendo prioridad mientras sonaba la sirena durante todo el trayecto, puesto que supuestamente llevaban a un paciente en estado crítico. La alegría le duró hasta el retorno puesto que cuando volvió a trabajar fue llamado a terreno por el Doctor Sánchez quien le pegó la reprimenda del siglo.
Basilio Sánchez Beguiristáin siguió al mando de la salud pichilemina hasta 1977 mostrando siempre un alto espíritu de servicio social. Fue, además, miembro de la primera compañía de bomberos, socio del club aéreo local y alcalde de Pichilemu durante un período, mostrando siempre una actitud agradecida con un pueblo que lo acogió y que se benefició con su llegada motivo por el cual fue declarado hijo ilustre por el municipio local.
Nuevos vientos alcanzaron a Pichilemu cuando las autoridades de salud aprobaron la construcción de nuevas instalaciones en 1977 alcanzándose el objetivo recién en 1985 cuando el Hospital se trasladó a la calle Jorge Errázuriz por el sector de Infiernillo. A partir de ese período jóvenes profesionales de la medicina como los doctores Alejandro Ríos y Gustavo Rayo Zuñiga y de otras áreas como del servicio social Rosa Barahona y María Angélica Aedo se incorporan para cubrir las necesidades que iban en aumento como consecuencia del crecimiento poblacional.
Así fueron los tiempos de la salud en un Pichilemu alejado de la tecnología y de los avances de la ciencia y en donde la buena voluntad de quienes se involucraron en ejercer ese servicio aportando con creces al bienestar de sus habitantes.
(*1): Profesor Universidad de Concepción, formado en la casa universitaria penquista.
(*2): Eugenio Díaz Lira construyó su casa junto al bosque, por la calle Urriola, inmueble que posteriormente fue donado a la Congregación de Religiosas de la Preciosa Sangre a cuyo efecto en 1947 se constituyó la Escuela de Niñas Doctor Eugenio Díaz Lira en ese domicilio.
Fotografías: Archivos “Pichilemunews”.

































































































