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HOLA, DESDE PUNTA ARENAS: MIS ENTREVISTAS A MATRIMONIOS CAMPESINOS

Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Mario Isidro Moreno (*) – 15.08.2026

Cuando escribí mi libro “Leyendas Colchagüinas”, en cuyos capítulos se insertan conversaciones con matrimonios del campo, me regocijé de sus historias llenas de sencillez y una picardía que se encuentra normalmente en las zonas rurales de nuestro país.

Lo mismo me ha ocurrido en las pláticas que he logrado tener con pobladores magallánicos, en forma especial habitantes aislados del sector continental y de la isla Tierra del Fuego.

Este valioso material lo he divulgado, con la debida autorización, tanto en mis libros como en los artículos que tuve ocasión de publicar en el suplemento El Sofá, de El Magallanes, de lo cual realicé una selección para plasmar en mi obra “Protagonistas de la Historia de Magallanes”, la que obtuvo un rotundo éxito de venta.

En estas opciones quedaron fuera algunas entrevistas que no me atreví a incluir por la “malicia” de sus palabras que quizás no iban a ser muy bien recibidas por algunas personas que no les agrada este tipo de expresiones, no obstante, son propias de la franqueza con que se expresa el habitante rural.

Hoy, doy a conocer la entrevista a un matrimonio ocupante de un puesto campesino, cuyos nombres los cambio como así también su residencia, que podría ser en la zona continental de última Esperanza, Río Verde, San Gregorio, Laguna Blanca o en la isla Tierra del Fuego.

Cierto día, fui a un puesto campesino (puesto es un inmueble que ocupa un peón sólo o con su mujer, para vigilar un sector determinado de una estancia).

Allí me recibieron con mucho afecto y la tradicional generosidad patagónica, don Artemio y su esposa Hortensia, y al mismo tiempo que me invitaban a un sabroso mate, se inició nuestra conversación:

-Vinimos jovencitos de las verdes matas (Chiloé).

-Llegaron matrimoniados (traté de ocupar algunos de sus modismos).

-No. El viejo me conoció en una estancia en que trabajaba, y de ahí le pidió mi mano a mi madrina con la cual yo vivía.

-Yo solo le pedí la mano y me la entregó enterita. Viera como era la Hortensia cuando joven; flaquita como piquete de alambrada.

-Y no va a creer don, que este hombre también fue delgado. Ahora parece tonel de grasa de capón por lo guatón que está, mire, ve.

-Pero lo más bien que te gusta estar conmigo disfrutando en el ring de cuatro perillas.

-Hay hijo de Dios, si cuando eso sucede, pareciera que me cayó el ropero encima, con la llave puesta, es qué.

-Como a mi mujer no le gusta la intimidad conmigo, he pensado irme a otro país.

-¿Y por eso don Artemio usted desea irse al extranjero?

-Claro que sí, porque en un diario viejo leí que hay un lugar que necesitan mejorar la raza y pagan 100 dólares cada vez que uno hace el amor.

-¿Pero crees viejo que vas a vivir con 100 dólares cada seis meses?

-Por lo que veo amigo mío, lo están echando al agua.

-No es así don. Ahora es así por causa de la Pandemia. Fíjese que por el miedo al Covid acá no se ha gritado un viva Chile hace ya bastante tiempo.

-Tú no lo habrás gritado arrejentao. Lo que es yo…

-Mejor cambiemos la conversación. Se está poniendo mala la cosa. Don Artemio ¿ustedes tienen hijos?

-Claro que sí. Yo, donde pongo el ojo, pongo la bala. Tengo hijos hasta pa´ regalar. Le contaré que una dama se enamoró tanto de mí, que un día me dijo: -Me gustaría tener un hijo tuyo. Y yo le regalé a Segundo, el mayor de mis retoños.

-¿No ve don que este hombre no es más leso porque no se levanta más temprano?

-Entonces tienen varios hijos, doña Hortensia.

-Si, seis. Tres hombres y tres mujeres. Estas últimas muy bien cuidadas, como nos enseñaron nuestros padres. Porque ahora las chicas están muy libertinas y sus mamás no se preocupan de lo que le pueda pasar cuando están arrechas.

-¿Cómo es eso?

-Arrechas, o sea como piedras de curanto. Usted entiende. A una amiga nuestra que fuimos a visitar, en cierto momento y delante de nosotros su hija le dijo así, de golpe y porrazo: -Mamá, voy a hacer el amor con el chico del frente y vuelvo. Y su progenitora le respondió: -Está bien mijita, pero ten cuidado al cruzar la calle.

-Hablemos de la estancia ¿Cómo los trata el dueño del campo?

-El hombre es muy malo, tanto que los peones le pusieron de sobrenombre “Parrillada”, porque tiene de todo menos corazón.

-Pero, nos deja tener nuestras crianzas de algún ganadito y nos ayuda a rodear los animales nuestra perrita regalona. ¿Verdad viejo?

-Ansina no má é. Nos regalaron esa perrita porque fue la última de la camada de parición y como era hembra no la quisieron. Le pusimos el nombre de “Última”.

-Si caballero, y fíjese que con ella nos pasó un chasco, porque un día tuvimos visitas y el hombre andaba tratando de traer la puerca al chiquero. Yo les expliqué a mis amigos que la cerda anda un poco alzada por falta de barraco y mi marido la estaba atendiendo y de ahí venía.

-Como demoraba, se me ocurrió gritarle:

-¡Artemio! ¡échale la Última a la chancha y luego vienes a atender a las visitas!

Los amigos abrieron tamaños ojos y se fueron y no volvieron nunca más. No sé qué les pasó.

(*): Folclorista, investigador y escritor colchagüino, desde 1967 afincado en la austral ciudad de Punta Arenas.

Fotografías: Archivo MIM.

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