
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Mario Isidro Moreno (*) –19.04.2026
En Santa Cruz de Colchagua, mi ciudad de nacimiento…
Hay pasillos, salas y patios que guardan más que pasos. El eco de una campana, el olor a tiza y cuadernos nuevos, la fila antes de ingresar al aula, la canción nacional.
En uno de esos pasillos nos cruzamos todos los días, con el mismo deseo de aprender y surgir, y las mismas tareas de las cuatro operaciones, sin resolver. Nada hacía presagiar que uno de esos niños, el que se sentaba en un banco de otro curso, pero en la misma escuela, terminaría tallando su nombre en la economía de Chile.
Yo me quedé con los recreos, los partidos de tierra y la campana que marcaba el fin de clases. Él se llevó la misma campana, pero hizo que sonara distinto. Este es el recuerdo de una escuela que no sabía que estaba enseñando a dos seres, paralelos, pero con distintos destinos y de cómo la infancia nos mide a todos con la misma regla.
Los individuos afortunados, no nacen en las portadas. Nacen en salas con brasero a carbón, donde todos compartimos el mismo frío de junio.
Quizás alguna vez, yo lo vi bostezar en la primera hora, copiar la tarea en el baño, reírse cuando el profesor nos pillaba pasando papelitos. Tenía el apellido que hoy abre diarios.
La escuela no distingue billeteras: nos prestó los mismos bancos rotos y los mismos sueños de recreo. Y, sin embargo, algo ya lo habitaba. Algo que yo vine a entender años después, cuando su nombre empezó a pesar toneladas y el mío seguía siendo el del compañero con el cual se entretenía en el recreo, comiendo frutos blancos y negras de las moreras ubicadas al fondo del patio; o desfilando juntos en la brigada de boy scouts, época de cuando el futuro todavía cabía en una mochila.
Quiso el destino que, después de largos años, volviéramos a encontrarnos. Yo, con afanes intelectuales logrando de mi condiscípulo apoyo para una de mis obras literarias.
Luego, otra ocasión nos reunió en un lugar público de nuestra ciudad de nacimiento, dándonos tiempo de rememorar ese hermoso pasado de la feliz niñez.
Y aparecieron nombres de algunos compañeros de nuestra escuela superior de hombres N°1: el señor Gilberto Valenzuela, Director, los profesores Raúl Benavides, de música, Ademaro Ponce y Manuel Pavez, fanático de los boy scouts, entre otros.
Fue una charla amena y melancólica, donde la conclusión nos indicó que la escuela nos midió a todos con la misma vara de madera, pero mientras mi compañero de escuela se fue a multiplicar ceros y a luchar por la promoción de la cultura y el avance de nuestra tierra de nacimiento; yo, viajé hacia el extremo sur de Chile a narrar sueños en mis obras literarias.
Cuando cierro los ojos, vuelvo con él a ocupar esos bancos escolares de antaño y a jugar en los charcos que dibujaba el invierno, donde además de las nubes y el cielo, se reflejaba un porvenir diferente pero productivo para ambos en nuestras propias iniciativas.
¡Saludos, Carlos Cardoen!
(*): Investigador y escritor colchagüino, que reside desde el año 1967 en las tierras magallánicas.
Fotografías: MIM

































































































