
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 18.06.2026
Asistí a una charla de Paulina Urrutia. El tema era tan sencillo como profundo: ¿quién cuida a los cuidadores?
Escuché el relato de una mujer que acompañó durante años a Augusto Góngora mientras el Alzheimer avanzaba sobre sus recuerdos. Escuché hablar del cansancio, del amor, de la pérdida, pero también de algo que hasta ese momento no había dimensionado.
Las redes de apoyo.
Los equipos multidisciplinarios.
Los programas que buscan acompañar no solo a quien está enfermo, sino también a quien cuida.
Salí de esa charla pensando menos en la historia de Paulina y mucho más en la nuestra.
Porque me hice una pregunta incómoda.
¿Cuántos vecinos de Pichilemu saben que existen estos programas?
Yo no lo sabía.
Y si yo, que convivo diariamente con el mundo de los cuidados porque soy madre de una hija autista, desconocía parte de esa información, ¿cuántas otras personas estarán viviendo exactamente lo mismo?
¿Cuántas familias creen que están solas cuando, quizás, existe una puerta que nunca nadie les mostró?
No estoy diciendo que los programas alcancen para todos.
Probablemente no.
Tampoco estoy diciendo que resuelvan todas las necesidades.
Seguramente no lo hacen.
Lo que me pregunto es algo mucho más básico.
¿Sabemos siquiera qué derechos existen?
¿Sabemos dónde preguntar?
¿Sabemos que una asistente social puede orientar un caso?
¿Sabemos qué apoyos entrega el CESFAM?
¿Sabemos si nuestro vecino conoce esa información?
Porque hay una diferencia enorme entre no recibir ayuda... y no recibirla porque nunca supimos que existía.
Pichilemu está envejeciendo.
Cada vez habrá más personas que necesiten cuidados prolongados.
Y detrás de cada una habrá un hijo, una esposa, un hermano, una nieta o un vecino intentando sostener una rutina que muchas veces resulta agotadora.
Tal vez la primera red de cuidados no sea un programa.
Tal vez sea una comunidad que se informa.
Una comunidad que conversa.
Una comunidad que sabe orientar.
Una comunidad que deja de pensar que preguntar es meterse en la vida del otro y entiende que, a veces, preguntar puede ser el comienzo de una ayuda.
Después de esa charla no me fui pensando únicamente en los cuidadores.
Me fui pensando en nosotros.
En cuánto conocemos la realidad de quienes viven al lado.
En cuántos derechos ignoramos.
En cuántas familias no aparecen en ninguna estadística porque nunca llegaron a tocar una puerta.
Y pensé que quizás el mayor desafío no es solamente crear mejores políticas públicas.
También es construir una comunidad que sepa reconocerlas, defenderlas y utilizarlas.
Porque los derechos que no conocemos difícilmente pueden protegernos.
Y porque un pueblo que aprende a informarse también aprende a cuidar.
Quizás esa sea la conversación que Pichilemu necesita empezar.
(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.
Imágenes: Gentileza KCL.




































































































