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La columna de Kari: Aprender a caminar Pichilemu

Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 29.08.2026

Quizás llevamos tantos años caminando por Pichilemu que hemos olvidado preguntarnos sobre qué caminamos.

Pasamos junto a Petrel y decimos «la laguna». Miramos hacia Punta de Lobos y vemos el océano, los roqueríos, las olas. Atravesamos una duna y pensamos simplemente en arena. Miramos un matorral y, muchas veces, ni siquiera sabemos su nombre.

Pero este territorio tiene nombres mucho más antiguos que nuestras calles.

Petrel no es solamente una laguna. Es un humedal costero-estuarino, un ecosistema donde el agua determina la vida y donde aves, plantas y organismos encuentran alimento, refugio y descanso. Allí pueden aparecer cisnes de cuello negro, coscorobas, flamencos chilenos y muchas otras aves que hacen de este lugar una verdadera estación de la naturaleza.

Y quizás deberíamos comenzar por ahí: aprendiendo los nombres.

Porque llamar a algo por su nombre es una forma de reconocer que existe.

Una duna tampoco es solamente arena acumulada por el viento. Es un ecosistema. Una quebrada no es simplemente una hendidura en el paisaje: es un corredor natural, una vía por donde circula el agua y se conectan distintos ambientes. Un matorral costero no es necesariamente un espacio vacío esperando ser reemplazado. Y el secano costero no significa simplemente «campo seco».

Vivimos en un territorio mucho más complejo y hermoso de lo que solemos decir cuando lo resumimos en una palabra: balneario.

Pichilemu es océano, pero también es humedal. Es playa, pero también es duna. Es roquerío, quebrada, matorral y secano costero. Es bosque esclerófilo, aves marinas y aves de humedal. Es lobo marino, pilpilén, pelícano, piquero, pingüino de Humboldt.

Es un mosaico de ecosistemas que no entiende de límites administrativos ni de nuestras necesidades de urbanización.

Y aquí aparece una verdad que, a mi juicio, deberíamos repetir más seguido: Pichilemu no está frente a la naturaleza. Pichilemu está dentro de ella.

Nuestra ciudad no nació separada de este paisaje. Es hija de él.

El mar está en nuestra memoria, en nuestra economía, en nuestra identidad y hasta en la forma en que contamos quiénes somos. Punta de Lobos no sería Punta de Lobos sin sus roqueríos, sus olas y sus habitantes marinos. Petrel no sería Petrel sin el agua que sostiene su humedal y las aves que llegan hasta él.

Nos necesitamos mutuamente.

Por eso cuidar nuestro borde costero no significa estar en contra del desarrollo. Tampoco significa querer una ciudad detenida en el tiempo. Pichilemu tiene derecho a crecer, a mejorar su infraestructura, a recibir visitantes, a generar empleo y a proyectarse hacia el futuro.

Pero crecer no debería significar olvidar dónde estamos creciendo.

Una ciudad verdaderamente moderna no es aquella que consigue poner cemento sobre cada espacio disponible. Quizás sea aquella que aprende a convivir inteligentemente con aquello que no construyó y que, sin embargo, la sostiene.

No se trata de ser perfectos. Se trata de aprender.

De enseñarles a nuestros niños qué es un humedal. De explicarles a quienes nos visitan que una duna no es un lugar cualquiera. De reconocer un pilpilén cuando camina por la orilla. De entender por qué existen los roqueríos, las quebradas, los matorrales y los corredores ecológicos.

Y también de comprender que no todos los problemas ambientales nacen de la indiferencia de las personas. Hay infraestructura que requiere recursos públicos, planificación, decisiones administrativas y políticas de largo plazo. Hay problemas que no se resuelven solamente con buena voluntad.

Pero hay algo que sí podemos comenzar a hacer inmediatamente:

mirar.

Mirar antes de ocupar.
Conocer antes de intervenir.
Preguntar antes de transformar.
Y aprender antes de decir que aquello que no entendemos no sirve.

Pichilemu no necesita elegir entre ciudad y naturaleza.

Necesita aprender a ser ciudad con su naturaleza.

Quizás esa sea nuestra próxima forma de progreso: una ciudad capaz de urbanizarse sin desarraigarse; capaz de recibir al mundo sin dejar de reconocerse a sí misma; capaz de mirar sus humedales, sus dunas, sus playas y sus roqueríos no como obstáculos para el desarrollo, sino como parte de aquello que hace que esta tierra sea hogar.

Porque antes de que nosotros llegáramos a ponerles nombres a las calles, el territorio ya tenía los suyos.

Y tal vez ha llegado el momento de volver a aprenderlos.

(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.

Imágenes: Gentileza KZP. 

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