
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 22.08.2026
Si tu respuesta frente a esto que vas a leer es "son niños, siempre han sido crueles", puedes dejar de leer aquí. No te voy a convencer, y esta reflexión no es para ti. Pero si todavía crees que puedes hacer una diferencia en cómo tu hijo o hija trata a los demás, te invito a seguir, porque esto no es un problema de un curso, de un colegio o de una generación aislada. Es un problema país, y empieza mucho antes de la sala de clases.
Sé que, en distintos grados, y a través de generaciones, este tipo de actitudes siempre han existido. No pretendo inventar la crueldad infantil. Lo que sí pretendo es nombrar la forma específica que está tomando hoy, porque el disfraz cambió y eso la hace más difícil de detectar.
Tres escenas, un mismo idioma
En un curso de básica, un grupo de niños imita en silencio el aleteo de manos, la forma de hablar, los gestos de un compañero. Nadie dice la palabra "autismo" en voz alta —no hace falta, todo el curso sabe a quién imitan y por qué da risa. Es la misma burla que hace veinte años, con menos riesgo de que un adulto los sorprenda diciendo algo "prohibido".
En enseñanza media, un compañero con dificultades de aprendizaje —porque no quiso estudiar, no porque tenga un diagnóstico— recibe un sticker de sus propios compañeros: "sorry, soy autista, trátame con amabilidad". El chiste usa vocabulario clínico, el mismo que el colegio les enseñó en los talleres de inclusión. Y ahí está el problema doble que a veces se nos escapa: la burla no solo humilla al compañero que la recibe, también secuestra la identidad de quien sí tiene el diagnóstico real. Conozco el caso de una niña con TEA que pregunta, con toda razón, por qué la mencionan a ella primero cuando se trata de descalificar por sus silencios o por temas de aprendizaje. Para esta alumna, la literalidad y el pensamiento rígido no le permiten entender la descalificación de estos compañeros bajo el disfraz de "es solo una bromita": cuando ella no habla con ellos no es que no pueda, es que no le interesa sostener amistades tan inconsecuentes como las de quienes la usan de referencia para insultar a otro. Ella no pidió amabilidad. Pidió respeto. Nadie se lo preguntó.
Y la tercera escena no es de niños: es una oficina. Un adulto dice "¿acaso es autista?" o "está demasiado bipolar", entre risas de pasillo, como comentario que a nadie parece incomodar. La escuchamos en el trabajo. La escuchan nuestros hijos en la mesa, sin que lo notemos.
El trámite del perdón
Hay un detalle que deberíamos mirar con más atención que el insulto mismo: la disculpa, es un mero trámite. No porque hayan entendido algo —porque intuyeron que tocaba disculparse. Y el trámite no termina ahí: muchos colegios los hacen firmar compromisos, acuerdos formales de no repetir conductas tóxicas e indolentes hacia otros. Pero ese compromiso, al parecer, no cruza la puerta de la casa. Vuelven, el cerebro se resetea, y al día siguiente es el mismo asunto —con el mismo compañero o con otro. Eso es más preocupante que la burla original: significa que ya aprendieron el protocolo social del perdón —la firma, la disculpa de trámite— sin haber aprendido nunca la empatía que ese protocolo debería representar. Saben qué decir y qué firmar para quedar bien. No sienten por qué está mal. Y ahí cabe la pregunta que debería instalarse en cada casa, no solo en cada colegio: ¿hubo alguna vez un mea culpa real, o en casa ni siquiera se dieron cuenta de que su hijo firmó ese papel?
Tanto da el agua en la piedra
Hay dos dichos que se me quedaron pegados pensando en esto. "Quien siembra vientos, cosecha tempestades": quienes ejercen o permiten el maltrato —acosadores, pero también padres que miran para el lado— van a cosechar consecuencias que llegan mucho después, y mucho más violentas, cuando ese patrón se traslada a la adultez, al pololeo, al trabajo, a la pareja. Y "tanto da el agua en la piedra que la quiebra": no hace falta un golpe grande para destruir a alguien. Basta la gota constante —el chiste diario, el apodo que migra de curso en curso, la burla que nunca escala a algo "grave" y por eso nunca se corrige— para desgastar la salud mental de un niño hasta quebrarla. El colegio no siempre ve la gota. La ve, casi siempre, solo la familia, en silencio, en la casa.
La responsabilidad no se queda en la reja del colegio
Aquí está el giro que quiero dejarte: tu hijo pasa muchas horas en el colegio, pero el establecimiento no lo educó para burlarse usando el nombre de una condición ajena. Ese ingenio —porque hay ingenio real en diseñar un sticker, en coordinar una grabación, en heredar un apodo de curso en curso— no nace en el patio. Se cultiva, o se deja crecer sin corrección, en la mesa de la casa, en el chiste del adulto que se ríe primero.
La pregunta que le haría a cada padre no es "¿qué está aprendiendo tu hijo en el colegio?". Es: "¿de dónde crees que sacó tanto ingenio para dañar, y tan poco para subir una nota?"
La respuesta, casi siempre, empieza en casa.
(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.
Imágenes: Gentileza KZP.





































































































