
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 08.08.2026
A Flor Ilic la conocí hace algunos años, principalmente por su gestión en el Centro Cultural Agustín Ross y también en distintas instancias sociales y culturales de Pichilemu. Para muchos de nosotros, su nombre está asociado a ese espacio, a la cultura, a la gestión y a una manera cercana de relacionarse con las personas.
Pero Flor es bastante más que eso.
Hace un tiempo tuve la oportunidad de conversar con ella desde otro lugar, lejos de los discursos preparados y de la lógica de una entrevista política tradicional. La idea era detenernos un momento y conocer a la persona que existe detrás de la gestora cultural, de la profesional y hoy también de quien postula a la dirección regional del Frente Amplio.
Porque quizás conocemos una parte de Flor, pero no necesariamente conocemos su historia.
¿Qué la formó? ¿De dónde viene esa relación tan profunda con la cultura? ¿Por qué Pichilemu sigue ocupando un lugar tan importante en su vida, aunque hoy viva y trabaje en otros puntos de la región? ¿Qué encontró en la política pública? ¿Y qué es lo que espera aportar ahora desde la política?
Esta conversación fue una oportunidad para mirar un poco más allá del cargo y de la contingencia.
Y también para recordar que detrás de quienes vemos participar en la vida pública hay historias personales, afectos, aprendizajes y caminos que muchas veces no alcanzamos a conocer.
Una formación marcada por el debate
Flor estudió en La Girouette, en Santiago, un colegio de orientación francesa que, según recuerda, daba un espacio importante al debate y a una formación democrática, republicana y vinculada a los derechos. Creció durante la dictadura y reconoce que ese contexto fue parte importante de la formación crítica de su generación.
Después vendría el arte.
Egresó de la Escuela de Arte de la Universidad Católica, una experiencia que describe como profundamente transformadora. Para ella, el arte nunca fue solamente una disciplina académica: es una forma de expresión, una herramienta de búsqueda interior y también una posibilidad de transformación social.
“La creatividad es uno de los factores más interesantes de nuestra humanidad.”
Quizás esa frase permita entender algo de la Flor que conocemos.
Porque cuando habla de cultura no habla solamente de espectáculos, exposiciones o actividades. Habla de personas. De comunidades. De identidad. De espacios donde alguien puede sentirse parte de algo.
El lugar que todavía lleva en el corazón
“Lo llevo en mi corazón muchísimo”, dice cuando recuerda el Centro Cultural Agustín Ross.
Fue un espacio formador para ella en muchos sentidos. Allí conoció el municipalismo, entendió la importancia de la gestión cultural y descubrió el valor de generar lugares donde el artista, su obra y las personas puedan encontrarse.
Hay una frase que utiliza para explicar lo que significó esa experiencia:
“Cobijar el arte es cobijar el alma de una comunidad”.
Es difícil no detenerse en esa idea, porque probablemente también explica buena parte de su relación con Pichilemu.
La ciudad, dice, le abrió las puertas a la región.
Vivió más de diez años allí y tiene dos hijos pichileminos. Por eso, aunque hoy su vida transcurre entre Machalí y Codegua, Pichilemu continúa siendo un lugar al que vuelve afectivamente.
Habla de Infiernillo, de sus rocas, de los paisajes del interior, de sus amigos y, especialmente, de la comunidad cultural.
Pichilemu, desde su mirada, tiene artistas, músicos, bailarines y creadores que han construido una vida cultural que merece ser valorada.
Y ella todavía intenta volver, ojalá una vez al mes, para reencontrarse con esa parte de su historia.
Entre Machalí, Codegua y Pichilemu
Hoy Flor vive en Machalí.
La decisión estuvo relacionada con sus hijos, quienes estudian en el colegio municipal artístico bicentenario Santa Teresa de Machalí. La metodología basada en la educación artística cuenta, les ha hecho muy bien y la llevó también a querer formar parte de esa comunidad educativa.
Su trabajo está en Codegua, donde se desempeña como directora de la Secretaría de Planificación Municipal.
Y aquí aparece otra dimensión de Flor que quizás no todos conocemos.
La gestión pública.
Le gusta la planificación porque detrás de cada presupuesto, de cada proyecto y de cada decisión municipal hay personas concretas que pueden verse beneficiadas.
Codegua le ha permitido conectarse con un territorio cordillerano que describe como hermoso y con un patrimonio rural, histórico y cultural muy importante.
Así, su vida actual parece moverse entre distintos paisajes de O'Higgins: la costa que todavía siente como propia, el valle y la cordillera.
Y quizás por eso su mirada sobre la región no es solamente administrativa.
Cuando habla de O'Higgins, habla de pescadores y pescadoras, algueros y algueras, salineros, campesinos, arrieros y mineros. Habla de canto a lo poeta, canto a lo divino, payadores, cueca, artesanía y antiguos oficios.
Habla de una región que, para ella, cuenta también parte de la historia de Chile.
Pero advierte que hay algo que falta: espacios de encuentro.
Más lugares donde las nuevas generaciones puedan expresarse, crear y encontrarse con la identidad de sus territorios.
Cuando la cultura se encuentra con la política
Tal vez el paso desde la cultura hacia la política pública no sea tan extraño en su historia.
Flor entiende ambas cosas como herramientas para transformar la vida de las personas.
Hoy esa mirada también está detrás de su decisión de postular a la dirección regional del Frente Amplio, partido en el que milita.
Su convicción es que la democracia se fortalece cuando los partidos políticos también se fortalecen.
Ve en el Frente Amplio una oportunidad para construir nuevas maneras de hacer política, aprender de los aciertos y errores de las experiencias anteriores y fortalecer una mirada progresista vinculada al bien común, la inclusión, la diversidad, el género y el territorio.
Pero, más allá de las definiciones partidarias, hay una idea que parece resumir su manera de entender la política:
“Creo que la política tiene que estar al servicio de la comunidad”.
Desde una eventual dirección regional, le interesa fortalecer las militancias, los comunales y las alianzas con otros sectores progresistas.
También plantea la necesidad de defender derechos que, desde su perspectiva, han sido construidos con mucho esfuerzo: los derechos de las mujeres, las necesidades del mundo campesino y las condiciones de desarrollo de una región que todavía enfrenta importantes dificultades de conectividad.
Una conversación que también habla de generaciones
Cuando le pregunto qué les diría a los jóvenes, Flor no comienza hablando de política partidaria.
Habla de rebeldía.
De pensamiento crítico.
De no quedarse al margen.
En un mundo donde las redes sociales permiten consumir información rápidamente, cree que hay que detenerse, buscar las fuentes y hacerse preguntas.
A las mujeres jóvenes las invita a no tener miedo de perseguir sus sueños. A las disidencias, a ocupar espacios con orgullo. Y a los hombres jóvenes, a no tener miedo de aprender nuevas maneras de construir vínculos y relaciones con las mujeres.
Pero también les habla a los adultos.
Les recuerda que la experiencia no significa haberlo aprendido todo y que siempre existe la posibilidad de seguir creciendo y aprendiendo de otras generaciones.
Ella misma se reconoce como parte de la Generación X.
Y cuenta, con una mezcla de humor y honestidad, que a su generación el compromiso con un propósito quizás le llegó un poco tarde.
“Me pegó un poco tarde el alcachofazo”, reconoce.
Pero ese descubrimiento, dice, terminó abriendo un camino hermoso.
Nunca es tarde para encontrar un propósito.
La Flor fuera del cargo
Después de hablar de política, territorio, cultura y derechos, también hay espacio para conocer a la Flor que aparece fuera de los cargos.
Su estación favorita es la primavera. Nació en septiembre y le gusta la sensación de que después del invierno vuelven los colores, los paisajes y la alegría.
En cine recomienda *La Odisea*, de Christopher Nolan, y también *Cuerpo Celeste*, de su hermana Anaíra Illich García, una película que sigue a una niña de 13 años en el Chile de 1990, en el tránsito entre la dictadura, el comienzo de la democracia y la adolescencia.
En literatura, el último libro que leyó fue *Marciano*, de Nona Fernández.
Le interesó especialmente la posibilidad de aproximarse a una figura histórica desde un lugar más humano y comprender que detrás de cada personaje existe una historia, una experiencia y una mirada.
Y sí, también es Virgo.
“Muy Virgo”, confirma entre risas.
No perdernos unos de otros
Quizás la mejor manera de cerrar esta conversación sea volver al principio.
A esa Flor que conocimos en Pichilemu ligada a la cultura, pero que hoy transita también por la gestión pública, el territorio y la política.
Porque, después de escucharla, queda la sensación de que esos mundos no están tan separados.
Para ella, la cultura puede transformar. La política pública puede garantizar derechos. La gestión puede mejorar la vida cotidiana. Y una comunidad necesita espacios para encontrarse.
Por eso, cuando le pregunto por los tiempos que vivimos, su respuesta no termina en una consigna política.
Termina en algo mucho más sencillo.
“No podemos perder la conexión entre nosotros”, dice.
Conversar. Compartir. Reflexionar. Volver a encontrarnos.
Y entonces aparece una frase que quizás resume mejor que ninguna otra el espíritu de esta conversación:
“El miedo no puede ganarle a la esperanza”.
Flor quiere que nos conectemos, que no nos perdamos unos de otros y que hagamos comunidad.
Quizás, después de conocer un poco más a la mujer detrás de la gestión cultural que muchos recuerdan, esa sea también una buena manera de entender hacia dónde quiere llevar ahora su camino.
(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.
Imágenes: Gentileza FIG.





































































































