
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 31.07.2026
Llevo años educando a mis tres hijas para que no carguen con los secretos de familia. Años intentando entender qué nos pasó a toda una generación de mí para atrás. Años inculcándoles: cuídate, protégete, tú no eres responsable de la maldad del otro. Años repitiéndoles: si observas algo extraño, por favor recurre a un adulto responsable, y cuando ese adulto no está en el entorno familiar, hay profesionales de la salud, incluso tu profesor o profesora pueden ser el puente para contactarte con alguien que te oriente o te ayude.
No lo repetí para que un compañero de enseñanza básica lo convirtiera en un juego. "A ver quién es más Jeffrey Epstein". Eso, entre niños. Como quien juega a las traes.
No lo repetí para que mi hija, que es autista, se encontrara mensajes escritos en una mesa del liceo aludiendo a violación y pedofilia.
¿Qué está pasando?
Pensé —ingenuamente, quizás— que mis hijas al menos nacieron en una época donde tienen voz, donde tienen ciertos derechos. Y, sin embargo, en paralelo, aparecen por todos lados mensajes absolutamente opuestos. Casi como si por el simple hecho de ser mujer no pudieras decidir sobre tu propio cuerpo. Como si violar a una menor de edad fuera más "fácil" —más impune, más gracioso, más de juego de patio— sobre todo si esa menor tiene alguna condición. Y ojo: esa condición puede ser cualquiera. Cualquiera de nosotras, cualquiera de nuestras hijas.
Sé que no todos los hombres son así. Lo sé y lo sostengo. Pero vuelvo a decirlo porque hay que decirlo las veces que haga falta: son hombres los que no tienen respeto por sus hermanas, por sus madres, por las hijas de sus propios pares. No hay códigos. No hay moral ni ética. Solo irse de lengua, tener un séquito alrededor que aplaude y alaba, y detrás de ese séquito, seguidores de esas opiniones desafortunadas —no me voy a quedar corta— aberrantes. Gente que de verdad cree que esto es normal.
No, señores. No lo es.
No es normal que tengamos que criar hijos e hijas para que anden sospechando de todos y de todas. No es normal que la infancia tenga que aprender a leer una mesa de liceo como quien lee una amenaza. No es normal que "quién es más Jeffrey Epstein" sea un chiste de recreo.
Así que se lo digo directo a los padres y tutores a cargo: hagámonos cargo de cómo nos expresamos delante de nuestros hijos. Seamos responsables. ¿Han reflexionado si hay conductas cuestionables en la propia casa respecto a qué significa el respeto? Y cuidado aquí, porque el discurso de "el respeto se gana" no tiene absolutamente nada que ver cuando hablamos de menores de edad. A un niño, a una niña, a un adolescente no se le debe respeto porque se lo haya "ganado". Se le debe porque es una persona.
Los invito a revisar qué han normalizado en su propio metro cuadrado, y a preguntarse honestamente cómo se sienten al respecto. ¿Somos más felices así? ¿Esto es lo que queríamos construir?
Hay una idea que comparto de fondo: una sociedad tiene motivos para preocuparse cuando los discursos que normalizan la violencia, la humillación o la explotación de otras personas empiezan a verse como entretenimiento o como provocación. Si hay procesos en curso, que sean esos procesos los que determinen responsabilidades individuales. Pero mientras tanto, sí podemos —y debemos— hablar de algo más amplio: cómo se construye una cultura que rechace de manera clara esos discursos, en lugar de reírles la gracia.
Eso pasa por educar en empatía desde pequeños, no solo con el "esto no se dice" sino con el "esto duele, y así es como duele". Pasa por enseñar a preguntarse: ¿esto es gracioso o es crueldad? ¿Me están manipulando para normalizar algo dañino? ¿Estoy riendo porque de verdad me da risa, o porque todos los demás se ríen?
Pasa también por no confundir la libertad de expresión con la ausencia de consecuencias. Se puede opinar. Eso no obliga a nadie a aplaudir. Y pasa por enseñar a romper la presión de grupo: a decir "no estoy de acuerdo", a simplemente retirarse de una conversación cuando cruza un límite ético.
La influencia del grupo puede ser muy poderosa, pero nunca elimina la responsabilidad individual. Que un grupo valide una conducta no la convierte en correcta. Y tampoco creo que quienes se acercan a estos contenidos sean todos irrecuperables: algunos llegan por curiosidad, otros por ganas de provocar, otros porque buscan pertenecer. Por eso mismo la educación, el diálogo y el pensamiento crítico importan tanto. Si aceptamos que cualquiera puede dejarse influir por un discurso así, también tenemos que creer que cualquiera puede aprender a cuestionarlo.
A mis hijas, y a cualquiera que quiera escucharlo, les dejo esto:
No porque muchas personas se rían de algo significa que esté bien. No porque un grupo lo apruebe deja de hacer daño. Tener criterio propio también significa saber decir "no" cuando la mayoría normaliza la crueldad.
Esta enseñanza no es solo para este caso. Sirve para el acoso escolar, para la discriminación, para la violencia de género, para el racismo, y para cualquier otra situación donde la presión del grupo intenta convertir lo inaceptable en algo "normal".
(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.
Fotografía/Imágenes: Gentileza de KZP





































































































