
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 05.09.2026
Hay semanas que no necesitan metáfora porque la realidad ya viene con la ironía incorporada. Esta fue una de ellas: a días de cumplirse cincuenta y cuatro años del golpe de Estado que partió en dos la historia de este país, un mandatario extranjero llegó hasta el Palacio de La Moneda —el mismo edificio que fue bombardeado aquel once de septiembre— a reivindicar públicamente esa fractura como una gesta civilizatoria.
No hace falta inventar el episodio. En el Foro Madrid, una cumbre de ultraderecha celebrada esta vez en Santiago, el mandatario argentino escogió reivindicar públicamente el derrocamiento de Salvador Allende, argumentando que a partir de ese quiebre el país habría vivido cuatro décadas de estabilidad y crecimiento. A los gobiernos posteriores los redujo, con desdén, a una farsa. A quienes cuestionan su modelo económico los describió con un epíteto de patio de colegio, apelando —hay que decirlo— más al insulto que al argumento.
## La retórica del apocalipsis
Lo verdaderamente inquietante no es el exabrupto puntual, sino la arquitectura del discurso que lo sostiene. El mandatario planteó la disputa ideológica como una contienda que trasciende a las naciones, una lucha entre el bien y el mal. Esa gramática —la del enemigo absoluto, la del adversario que no es un interlocutor sino una amenaza existencial— es precisamente el terreno fértil donde germina el patriotismo de cartón que este pueblo ya conoce de memoria: aquel que no defiende una tierra, sino que fabrica un enemigo para justificar su propia intransigencia.
Que ese discurso se pronuncie bajo el auspicio del actual mandatario chileno, y que además lo reciba con honores militares en el mismo palacio que la historia recuerda como escenario de una tragedia, no es un detalle protocolar menor. Voces de oposición señalaron de inmediato que la gravedad del momento se agudiza por su cercanía con la conmemoración del inicio de la dictadura, mientras el país atraviesa cifras económicas que distan de ser motivo de celebración.
## Cuando la casa se incendia y aplauden
Aquí está el núcleo grave de esta crónica: Chile ya cargaba con su propio patriotismo de utilería, ese que confunde el amor a la tierra con el desprecio al distinto, que segrega al migrante racializado mientras recibe con guirnaldas al extranjero de rasgos hegemónicos, que invoca a Dios y a la Patria para, en la práctica, restringir derechos adquiridos. A esa hoguera doméstica se le sumó esta semana un fósforo importado. No hacía falta.
Porque cuando un jefe de Estado —de cualquier nacionalidad— convierte la diferencia ideológica en una cruzada moral binaria, lo que transmite hacia abajo, hacia la calle, hacia la sobremesa del domingo, no es una idea económica discutible: es un permiso. Permiso para que la descalificación reemplace al argumento, para que el adversario político deje de ser un compatriota con otra visión y pase a ser, sencillamente, el enemigo. Y un país que ya venía entrenado en mirar con sospecha al que llega de afuera, no necesitaba ese entrenamiento extra en mirar con sospecha al que piensa distinto adentro.
## El costo de aplaudir el fuego
No se trata de negar el derecho a discrepar del modelo económico de nadie, ni de exigir silencio ante ninguna doctrina. Se trata de algo más elemental: hay una diferencia abismal entre disputar ideas y reivindicar una dictadura como argumento de autoridad, sobre todo en la semana exacta en que un país entierra a sus muertos. Esa diferencia es, justamente, la que separa un patriotismo que discute de un patriotismo que amenaza.
Si el patriotismo de cartón local ya nos tenía suficientemente entrampados en la odiosidad doméstica, esta visita no vino a corregirlo. Vino a darle un espaldarazo internacional, aplausos incluidos, banda presidencial de por medio. Y ahí queda la pregunta incómoda flotando sobre la Alameda: ¿qué clase de patria es esa que necesita, para sentirse orgullosa, aplaudir el elogio a su propia herida?
*Feliz semana de septiembre, la de la memoria y la del asado, ojalá alguna vez logremos vivirlas sin que una le declare la guerra a la otra*.
(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.
Imágenes: Gentileza KZP.





































































































