Después de 80 años retorné a la casa de adobe y tejas donde mi madre me enseñó el mundo.
Caminé lento por su patio. Las flores que ella plantó seguían ahí, fieles, esperándome.
Recorrí sus corredores y cada puerta me devolvió un aroma, una voz, un abrazo de niño.
La memoria se me vino encima y el corazón, que ya peina canas, se aceleró como entonces.
Volver fue tocar el tiempo.
Ochenta años pasaron y la vida me dio el regalo de volver.
Volver a la humilde casa de adobe y tejas de mi infancia, donde viví con mi madre.
El patio tenía aún sus flores. Los corredores guardaban mi nombre.
Caminé y la casa me habló.
Y entre evocaciones fragantes, mi corazón de niño volvió a latir fuerte.
Transcurrieron ocho décadas; regresé con mis abriles a cuesta a la casa donde aprendí a querer.
Casa humilde de barro y amor. Casa de mi mamita.
El patio, seguía florecido por sus manos. Los corredores aún olían a infancia.
Cada rincón encendió en mí evocaciones que me golpearon el pecho y apuraron el pulso.
Porque hay lugares que no envejecen: nos esperan para recordarnos quiénes fuimos.
Con la autorización de Carlos Muñoz Manríquez, integrante de la actual familia propietaria, el cual lleva 40 años viviendo en ese inmueble, y acompañado de Lucy, mi hija mayor, ingresé a las dependencias del vetusto inmueble y de boca de su actual ocupante, conocí su historia.
Como siempre, el contacto lo logró mi apreciado amigo, Jaime Vásquez Arriagada.
“Esta casona tiene alrededor de 300 años. Tengo conocimiento que perteneció a un tal Carlos de Castilla de nacionalidad española, cuyos herederos, cuando se fueron del país, vendieron el fundo que llegaba hasta la Patagua y la casa a Críspulo Mujica, padre de Octavio Mujica Valenzuela, recordado propietario de la Hacienda de Lolol.
La edificación tenía segundo piso y alrededor de 60 metros de corredor. Con el tiempo un gran terremoto la destruyó casi toda.
En ella estaba la Llavería del fundo, los graneros y la cocinería donde almorzaban los inquilinos.
Había allí una inmensa campana que no la cruzaban dos hombres con sus brazos y el viejo administrador del campo Abdón Pizarro, le daba la tarea a su hijo de tocar la campana a las 12 del día para que los trabajadores fueran a almorzar. Abdón, murió cerca de los cien años.
Con el tiempo, el hacendado Octavio Mujica Valenzuela, le cedió el fundo y la casa a su hijo José Mujica Délano, más conocido como “Pepe” –el cual fue Alcalde de Santa Cruz-, terrenos que fueron posteriormente expropiados y entregados a parceleros.
Al que le correspondió la casa de la punta de diamante, pasados los años, vendió la propiedad a mi padre, José Manuel Muñoz, conocido como El Alcalde de la Lajuela”.
Al abandonar mi antigua casa y agradeciendo la gentiliza de mi amigo Carlos Muñoz Manríquez, llevé conmigo el aroma de las flores de mi madre, el calor del adobe y el corazón de ese niño que fui, entendiendo que uno vuelve a su casa no para recordar sino para volver a nacer.
Vi las flores meciéndose al viento como despidiéndome.
Y me fui de allí despacio para que el adobe no sintiera que lo abandonaba de nuevo. Entendiéndome que la casa nunca me dejó; fui yo que estuve ausente durante 80 años.
Y, con el corazón acelerado y tranquilo a la vez, supe que ya puedo partir en paz. Mi infancia sigue viva en ese patio.
(*): Folclorista, investigador y escritor colchagüino, residente desde 1967 en la austral ciudad de Punta Arenas.
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