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Fotógrafos

HISTORIAS HUMANAS: JOSE LUCIANO NAVARRO, EL ÚLTIMO FOTÓGRAFO

DE LA PLAZA MUÑOZ GAMERO

Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Mario Isidro Moreno (*) – 13.06.2026

Con caballito de madera y Máquina de cajón.

Los fotógrafos callejeros o de plaza, sin darse cuenta, fueron artífices de importantes testimonios antropológicos e históricos ya que sus imágenes fueron, en muchos casos, el único documento que se conserva de una gran cantidad de personas y lugares.

Uno de estos artistas, José Luciano Navarro Navarro, me entregó su historia como el último fotógrafo de la Plaza Muñoz Gamero de Punta Arenas y, a través de la cual, se conoce su vida de esfuerzo repetida incansablemente en muchas personas que provienen del archipiélago de Chiloé.

“Nací en la isla Pelleulle, perteneciente a la comuna de Mechuque. Mis padres fueron José Braulio Navarro Navarro y María Eduvigis Navarro Díaz. Fuimos seis hermanos, yo el mayor, siguiéndome Elías, Lucila, Silvia, Orlando y Esmeralda.

Asistimos a una escuelita que tenía hasta cuarto preparatoria, con un solo profesor para un montón de alumnos que llegaban de distintos lados. Nosotros, acudíamos desde nuestra isla en un bote a remo. Nos demorábamos alrededor de diez minutos en arribar al lugar donde estaba el colegio. Se vivía en comunidad y con mis hermanos y amigos jugábamos a la pelota, la cual se fabricaba de trapo, utilizando una media de nuestra mamá o bien se hacía de cochayuyo. Nunca conocimos un balón verdadero de futbol. También nos entreteníamos en ir a recoger frutos silvestres, murtas, avellanas y chupones.

Llegado el momento de trabajar, había que colaborar en todo. Ir a pescar sierras, participar en las trillas a brazo, en la maja a varas, donde las manzanas se molían a puro garrotazo y el producto, la chicha, nos duraba casi el año.

En un bote a vela tuve la primera experiencia de viajar lejos. Fuimos a Puerto Montt. Para mí fue una real sorpresa ver por primera vez los automóviles transitando por las calles en una ciudad inmensa. Al regresar a nuestra isla, copiamos la idea y fabricamos un vehículo de madera, le pusimos ruedas y nos lanzábamos cuesta abajo. Fue nuestro primer auto”.

El primer par de zapatos

Los recuerdos emocionan a José Navarro, y las imágenes de un pasado de esfuerzo, lo llevan a su vida de juventud:

“Ya joven, me inscribí en la localidad de Achao para hacer mi servicio militar. Para el examen de admisión, me presenté con mi primer par de zapatos. Vivimos con mis hermanos siempre descalzos, pero mi padre, consciente que debía concurrir bien pilchado a esta obligación ciudadana, me compró un calzado. A cada uno de los postulantes nos examinaron y para ello debimos desnudarnos. Fui descalificado por mi baja estatura, ya que el fusil era más alto que yo. Al ser notificado del rechazo me vestí y cuando iba saliendo de la dependencia, alguien me gritó: -¡se te quedan los zapatos! Volví a buscarlos. No estaba acostumbrado a su uso de tal manera que ni siquiera me di cuenta que no me los había colocado.

Decidí salir a probar suerte fuera de la isla y unos primos que estaban trabajando en la localidad argentina de Comodoro Rivadavia me dieron el dato que allí había trabajo. Partí con muchas cartas que mi papá les enviaba a sus conocidos para que le ayudaran. Me fui a Mechuque a esperar el barco que me llevó hasta Puerto Aysén, donde entregué la primera carta recomendación a una familia que me cobijó hasta viajar a Coyhaique donde luego de entregar una segunda carta a unos parientes, permanecí una semana y de allí me fui a Comodoro Rivadavia donde me esperaban mis primos.

Encontré trabajo en el Hotel Florentino Ameghino, siendo destinado a lavar platos. Al cabo de un tiempo, por buen desempeño en mis labores me notificaron de mi primer ascenso: -Ya no vas a lavar más platos. Sólo los vas a secar.

Mi tercer y último ascenso fue ayudante de cocina. Al cabo de un año, otros primos que tenía en Puerto de Santa Cruz me invitaron que me fuera a esa localidad. Demoré dos días en llegar. Allí trabajé en el puerto como estibador. No había grúas de tal manera que había que acarrear a hombro los bultos. También me desempeñé en el frigorífico y laboré en estancias del sector en la esquila.

En la época del terremoto del 60 en Chile yo estaba en Puerto Santa Cruz y mis padres salieron de Chiloé y se trasladaron a Punta Arenas. Menos mal que se ausentaron de esa zona cuatro meses antes de la gran tragedia. Yo los vine a visitar a Punta Arenas, ciudad que me cautivó y me quedé hasta los días de hoy.

De la madera a la fotografía

“El primer trabajo que tuve fue en una barraca de madera de Gómez y Cimadevilla que estaba ubicada en calle Ignacio Carrera Pinto, frente al Liceo de Hombres. Permanecí 10 años en ese lugar, hasta que tuve un accidente de faena que no me permitió seguir laborando allí.

Decidí estudiar fotografía e hice un curso por correspondencia en la Escuela Fotográfica Sudamericana de Buenos Aires, Argentina. Mis primeras incursiones en este campo las hice en fotografía social, atendiendo matrimonios, bautizos, fiestas, etc.

Un día, que no recuerdo la fecha, me fui con mi cámara a la plaza Muñoz Gamero de Punta Arenas. En la plaza hubo seis fotógrafos. Allí se desempeñaban con cámaras minuteras o de cajón, un señor de apellido Montes y Francisco Díaz Barrientos. Este último poseía un caballito de madera. Montes se fue a vivir a Quilpué cansado de la rivalidad que existía entre ambos retratistas. A los noventa y tres años fallece Francisco Díaz, prácticamente en su puesto de trabajo. Un día que estaba laborando en la plaza sufrió una trombosis siendo llevado al hospital regional donde murió.

Como yo había comprobado que los caballitos de madera causaban la atracción, especialmente de los niños para fotografiarse, le encargué al profesional de las imágenes Manuel Pichuncheo que me consiguiera en Santiago un ejemplar que incluso estaba forrado en piel verdadera de equino, el cual fue ocupado por muchas generaciones para perpetuar su visita a este principal paseo de la ciudad.

Pasaron por mi lente muchos personajes famosos. Cuando acertó a pasar por el lugar el General Augusto Pinochet, yo guardé mi cámara; pero no fue así con el Presidente Eduardo Frei Montalva al que fotografié en una de sus visitas a la Perla del Estrecho.

Recuerdo la venida de la Miss Universo, Cecilia Bolocco. Ella ingresó a la plaza por su esquina nor poniente. En su caminar hacia el monumento le pasó un verdadero bochorno cuando comenzaron a deslizarse de sus piernas las medias pantys. Se comentó que un voluntario, el recordado Francisco “Pirulo” Oyarzo, le habría ofrecido su colaboración para ayudarla, lo que por supuesto la reina no aceptó. El monumento estaba totalmente rodeado de curiosos, pero como yo era dueño del sector, me las ingenié para obtener una imagen suya.

Fueron épocas que me dejaron muy lindas reminiscencias; treinta años de veranos poco cálidos e inviernos con la nieve hasta la rodilla, pero era la época en que más se fotografiaba la gente por el paisaje blanco de este paseo.

Es una verdadera lástima que se haya perdido esto que era tan tradicional para la plaza Muñoz Gamero; algo realmente hermoso que, cuando pienso en esos años en que pasé de la frase “mire el pajarito” hasta llegar a “sonría o diga Wisky”, la nostalgia me lleva a llevarle una caricia a mi caballito que guardo como recuerdo en un privilegiado rincón de mi hogar.

(*): Investigador, folclorista y escritor colchagüino que, desde el año 1967 está radicado en Punta Arenas.

Fotografías: Gentileza JLNN/WSG.

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