
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 27.06.2026
Mientras muchos preparan las celebraciones de San Pedro, patrono de pescadores y gente de mar, pensé en quienes rara vez ocupan el centro de esas historias. No pensé en las lanchas ni en las procesiones. Pensé en las mujeres.
Hace algún tiempo asistí a una charla donde conocí a María Cecilia Vargas Sánchez. Más tarde vi documentales, entrevistas y relatos sobre su trabajo como marera en Punta de Lobos. Comprendí que ella representa mucho más que una historia personal. Representa a cientos de mujeres que, desde hace generaciones, trabajan donde el océano deja su primera huella sobre la tierra.
Las vemos caminar temprano entre rocas, cochayuyos, luche y mariscos. Muchas veces pasan inadvertidas porque su labor ocurre lejos de los titulares y del turismo de postal. Sin embargo, ellas sostienen un conocimiento que no nació en un libro ni en una universidad. Lo heredaron de madres, abuelas y bisabuelas que aprendieron a leer las mareas como otros leen un calendario.
Escuchando a María Cecilia hubo una frase que quedó dando vueltas en mi cabeza. Dijo que el mar no solo le entrega alimento y trabajo; también le entrega vida. Y esa idea explica mucho más de lo que parece.
Porque las mareras no solo recolectan algas. También cuidan el territorio. Saben qué especies deben dejar crecer, cuáles no se deben extraer y cuándo la naturaleza necesita descanso. En tiempos donde tanto se habla de sustentabilidad, ellas llevan décadas practicándola sin convertirla en una consigna.
Hay algo más que me conmovió. María Cecilia contaba que su madre inventaba recetas con lo que ofrecía la temporada. No desperdiciaba nada. Cocinaba desde la creatividad y el respeto por la naturaleza. Mientras la escuchaba recordé mi propia manera de cocinar. Yo también disfruto crear platos con lo que tengo en casa, experimentar sabores y rescatar preparaciones sencillas que muchas veces terminan siendo las más memorables. Quizás por eso sentí tanta cercanía con su relato.
Ella también escribe poesía, trabaja el mosaico con conchas y enseña a visitantes chilenos y extranjeros que el cochayuyo es mucho más que un ingrediente olvidado. Es memoria, identidad y patrimonio vivo.
Vivimos en una época donde solemos valorar aquello que viene de lejos, mientras ignoramos los tesoros que existen a pocos kilómetros de nuestras casas. Las mareras nos recuerdan que la riqueza también habita en los saberes cotidianos, en las manos curtidas por el agua salada y en las historias que todavía sobreviven gracias a quienes se niegan a olvidar.
Tal vez por eso, cuando llegue la festividad de San Pedro, además de mirar las embarcaciones adornadas o las ceremonias religiosas, valga la pena recordar a esas mujeres que cada amanecer salen a encontrarse con el mar. No buscan reconocimiento. Buscan trabajar, alimentar a sus familias y mantener vivo un legado que pertenece a todos.
Porque el patrimonio no siempre está encerrado en un museo. A veces camina descalzo entre las rocas, carga cochayuyo sobre los hombros, inventa recetas con lo que entrega la estación y, mientras el océano respira frente a ella, sigue enseñándonos que cuidar la naturaleza también es una forma de cuidar nuestra propia historia.
(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.
Imágenes: Gentileza KCL.




































































































