
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 26.06.2026
En la antesala de la festividad de San Pedro, vale la pena detener la mirada en quienes pocas veces aparecen en las fotografías de la tradición. Porque mientras los botes se preparan para la celebración, hay mujeres que, desde hace generaciones, sostienen en silencio la vida del borde costero.
Antes de que el sol asome sobre Punta de Lobos, cuando el frío todavía se aferra a las rocas y el mar apenas comienza a despertar, ellas ya están trabajando. Caminan entre cochayuyos, luche, lapas y jaibas con la naturalidad de quien aprendió a leer las mareas mucho antes que un reloj.
Hace algún tiempo tuve la oportunidad de escuchar a María Cecilia Vargas Sánchez. Se presenta simplemente como marera. Una palabra pequeña para una vida enorme: recolectora de algas, mariscadora de orilla, cocinera patrimonial, artesana, escritora y guía de quienes quieren descubrir que el mar también educa.
Mientras hablaba comprendí que su historia no era solo la de ella. Era la historia de muchas mujeres que, durante décadas, han permanecido en segundo plano, aunque su trabajo sea indispensable para la economía, la alimentación y la identidad de nuestras costas.
Hubo una frase que quedó resonando en mí: "El mar no solamente me provee de comida y de trabajo; el mar me llena por dentro." No era una metáfora. Era la forma más sencilla de explicar un vínculo construido durante generaciones.
Las mareras conocen secretos que no aparecen en los libros. Saben qué cochayuyo dejar crecer, cuándo una jaiba debe quedarse para asegurar nuevas vidas y por qué no siempre conviene sacar todo lo que el mar ofrece. Mucho antes de que habláramos de sustentabilidad, ellas ya entendían que la naturaleza no se explota; se cuida.
También me emocionó escuchar cómo recordaba a su madre inventando comidas con lo que entregaba cada estación. Pensé en cuántas mujeres chilenas hicieron exactamente lo mismo: transformar la escasez en ingenio, cocinar con creatividad y enseñar que una receta también puede ser una herencia
Quizás por eso sentí una cercanía especial. Yo también disfruto crear en la cocina, mezclar ingredientes, rescatar preparaciones sencillas y descubrir que, muchas veces, los mejores sabores nacen de lo que tenemos más cerca.
María Cecilia escribe poesía, crea mosaicos con conchas marinas y recibe visitantes para mostrarles que detrás de cada alga existe una historia familiar, una tradición y un modo de comprender la vida. Su trabajo demuestra que el patrimonio no siempre está encerrado en un museo. Muchas veces camina descalzo por la arena.
En estos días, cuando la atención se concentra con justicia en los pescadores durante la festividad de San Pedro, quizás también sea el momento de agradecer a esas mujeres que han sostenido la otra mitad del mundo costero. Ellas que secan el cochayuyo, preparan los alimentos, transmiten los oficios, cuidan el territorio y mantienen viva una cultura que no siempre recibe el reconocimiento que merece.
Porque la historia de nuestras costas no comenzó con el turismo ni termina cuando regresan las embarcaciones.
La historia también se escribe en unas manos curtidas por la sal, en el humo de un fogón encendido al amanecer, en una receta heredada de una madre y en una mujer que, sin hacer ruido, lleva generaciones conversando con el mar.
Y mientras el océano siga golpeando las rocas de Pichilemu, ellas seguirán recordándonos que la verdadera riqueza de un territorio no solo está en lo que produce, sino también en las personas que, día tras día, lo mantienen vivo.
Por ellas. Por las mareras. Porque la orilla también tiene nombre de mujer.
(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.
Imágenes: Gentileza KCL.




































































































