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La columna de Kari: El legado de Sol

Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 10.07.2026

La recuerdo entrando a Correos de Chile. Fue algo tan simple —un trámite cualquiera, una tarde cualquiera en Pichilemu— y, sin embargo, se me quedó grabado como si hubiese ocurrido ayer.

Ahí estaba un joven de la comunidad haitiana y Soledad, sin que nadie se lo pidiera, se acercó a contarle que pronto comenzarían clases gratuitas de español en el Centro Cultural Agustín Ross.

Mientras la escuchaba, sentí como si ella supiera cuáles eran mis intenciones. Roxana me insistía: "Anda, háblale". Yo, honestamente, no sabía si mi ofrecimiento sería bien recibido. La llamé y le dije que me interesaba enseñar, pero que no tenía títulos; solo ganas, un poco de inglés y un poco de francés.

Entonces me tomó de los hombros y me dijo:

—¿Quieres hacerlo? No dudes de lo que tienes para ofrecer. Es suficiente.

Así comencé el proyecto que más me representó en esos años.  Lo que Soledad nunca alcanzó a saber fue cuánto cambió mi mirada gracias a esa experiencia. Mi fe en la humanidad subió varios puntos al compartir con la comunidad haitiana. Ella vio en mí algo que ni yo mismo sabía que tenía.

Solo debíamos esperar a que se calmara la emergencia por los incendios que, por esos días, azotaban los alrededores de la comuna y habían golpeado con dureza a tantas familias.

Ese gesto, tan pequeño en apariencia, fue el inicio de una historia que hasta hoy sigue dejando huella.

Soledad Jara tenía una enorme vocación de cuidado. No se quedaba solo en los animales; se extendía a cualquiera que necesitara una mano. Nunca hacía las cosas esperando algo a cambio. Ella misma lo dijo alguna vez, en una grabación que todavía circula: el problema de la sociedad era "la flojera", esa costumbre de esperar siempre una recompensa antes de actuar. Para ella, las causas —los niños, los animales, la comunidad— se servían simplemente porque había que servirlas.

Pierre, representante de la comunidad haitiana en Pichilemu, la recuerda con profunda gratitud. Cuando llegaron en 2016, la barrera más grande era el idioma. Soledad vio esa dificultad y, de corazón, organizó un curso de español completamente voluntario para facilitar la comunicación.

Ese apoyo marcó a Pierre hasta el día de hoy. Gracias a esas clases y a la forma en que Soledad les enseñó, hoy puede desenvolverse en español. Al recordar su fallecimiento, dice que dejó un vacío profundo en su comunidad.

"Como es la ley de la vida, estamos de paseo sobre esta tierra", reflexiona.

Que su alma descanse en paz.

Hay algo ahí que merece detenerse. Durante años podría pensarse que era Soledad quien ayudaba, quien rescataba. Pero con el tiempo uno entiende que el rescate fue mutuo. Ella abrió una puerta, y por esa puerta entraron la migración, el aprendizaje, la amistad y una forma distinta de mirar al otro: ya no desde el estereotipo, sino desde la persona concreta.

Manuel, quien la conoció siendo apenas un adolescente, cuenta una historia similar desde otro ángulo. En 2011, un grupo de jóvenes de Pichilemu quería formar la primera agrupación animalista de la comuna, pero, al ser menores de edad, no lograban constituirla legalmente.

Fue Soledad quien apareció, gracias a un post en Facebook, con la misma disposición de siempre: ponerse al servicio de una causa que no era suya, pero que sintió urgente. El 11 de septiembre de ese año nació la agrupación con personalidad jurídica, la que con el tiempo se transformaría en Fundación Pro Perro.

Soledad los apadrinó, les ayudó a bajar los pies a la tierra cuando el entusiasmo juvenil lo necesitaba y les enseñó que una convicción podía convertirse en una filosofía de vida.

Esa es, quizás, la clave de todo.

Soledad no distinguía entre causas grandes y pequeñas. Daba lo mismo si se trataba de rescatar un animal, de sacar adelante una agrupación de jóvenes o de enseñarle español a una familia recién llegada de Haití. El criterio era siempre el mismo, y era simple: ayudar donde hiciera falta, sin cámaras, sin publicaciones y sin esperar reconocimiento.

Por eso, incluso hoy, tantos años después de su partida, todavía aparece alguien que dice: "Yo conocí a Soledad y me ayudó con tal cosa". Casi siempre son ayudas hechas desde el anonimato.

Ese es su legado más silencioso y también el más profundo. No está en estadísticas ni en placas conmemorativas, sino en las vidas que cambiaron gracias a su disposición a actuar.

Su partida, tan inesperada, dejó una última enseñanza, quizás la más dura: que la vida puede cambiar en un minuto; que nada puede darse por sentado; y que los afectos hay que demostrarlos hoy, sin esperar a que exista un mañana.

Gracias, Soledad, por enseñarnos que la justicia social no se declara: se practica. Se practica enseñando un idioma, apadrinando a un grupo de adolescentes soñadores o simplemente entrando a Correos de Chile y deteniéndose a hablar con alguien que lo necesitaba.

Tu huella sigue aquí, en cada una de las personas que un día ayudaste sin que nadie te lo pidiera.

(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.

Fotografías: Gentileza de KZP.

@andresmoralesvargas

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