
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 17.07.2026
Entre tanta noticia de temporal, de un escenario político incierto que tiene a Chile sumido en la duda, hay días en que necesito volver a algo que no dependa del clima ni de la política. Vuelvo a los libros. A los míos, a los que me marcaron sin que yo lo decidiera.
No recuerdo cuál fue el primero. Tal vez los hermanos Grimm. Tal vez no. Así funciona mi cabeza: apenas creo haber atrapado un recuerdo, otro lo empuja hacia un lado. Mi memoria nunca fue una biblioteca ordenada. Es más bien un altillo antiguo: muevo una caja y aparecen diez más. Un libro trae detrás una revista, un olor, una persona, una época que ya no existe pero que ahí sigue, intacta.
Por eso escribo. Medio en broma, medio en serio, digo que soy escritora porque tengo mala memoria. Otros recuerdan fechas y autores; yo recuerdo cómo me hicieron sentir los libros. Y en tiempos donde todo se siente urgente y frágil, ese recuerdo es un refugio pequeño pero mío.
Mi infancia estuvo llena de palabras, no de bibliotecas elegantes. Corazón, Tom Sawyer, El jardín secreto, la colección Zig-Zag que me regalaron mis padres. En casa de mi abuela había libros viejos de hojas amarillentas que se leían también con la nariz. Y revistas que devoraba completas, hasta la publicidad, no porque quisiera esas cremas imposibles, sino porque quería entender qué miraba el resto del mundo. Esa curiosidad tampoco distinguía entre catástrofe y cultura: solo quería saber.
En cuarto medio llegó Cosmopolitan, mal vista en mi casa. Una amiga la leía igual, y todavía la escucho reírse: "Mientras tú estudiabas la Biblia, yo estudiaba Cosmopolitan". Y era cierto: yo también crecí entre Escrituras, entre competencias de memorización en las que nunca participé porque memorizar jamás fue lo mío. Años después, ella y yo terminamos hablando del mismo tema: cómo intentábamos entender el mundo siendo adolescentes, cada una desde su estante, mientras afuera el país seguía su propio curso, ajeno a nosotras.
Nunca fui una lectora brillante en el sentido tradicional. Podía olvidar el nombre del protagonista y recordar, veinte años después, exactamente la sensación que me dejó la historia. Durante mucho tiempo pensé que leía mal. Hoy creo que esa es, justamente, la lectura que vale: la que se queda en el cuerpo cuando todo lo demás se ha ido.
En la adolescencia apareció Hermann Hesse y cambió mi manera de mirar el mundo. Demian, después El lobo estepario. Lo convertí en una especie de padre literario, alguien que escribía las preguntas que yo todavía no sabía formular. Hay autores que entretienen, otros que enseñan, y unos pocos que acompañan. No todos los libros vienen a cambiarnos la vida. Pero basta uno.
Mirando atrás, nunca estaba leyendo solo un libro: estaba leyendo una época de mi propia vida, un lugar donde refugiarme cuando el resto del panorama —entonces como ahora— no ofrecía demasiada calma. Recuerdo la casa de mi abuela, las noches, los castigos en el colegio donde un libro era mejor compañía que el aburrimiento. Los libros nunca llegaron solos; siempre venían con alguien, o con una manera de sobrevivir al momento.
De ahí heredé la costumbre de regalar libros, con la idea de decirle a otra persona: "Ojalá encuentres aquí una pregunta que todavía no sabes que tienes". O, quizás, una tregua.
Hoy, con las noticias que tenemos, no pretendo que un libro resuelva un temporal ni el rumbo político del país. Pero sí creo en esa pausa que ofrece: la de detenerse a pensar no en lo que nos amenaza, sino en lo que alguna vez nos formó.
Por eso te pregunto, sin solemnidad, con la misma curiosidad de siempre: ¿cuál fue ese libro que te marcó? ¿El que leíste bajo las sábanas, el que te regalaron sin saber lo que hacían, el que releíste hasta gastarlo? No hace falta que lo recuerdes con precisión. Basta con que recuerdes cómo te hizo sentir.
Porque los buenos lectores no son quienes más recuerdan. Son quienes, incluso en medio del ruido del país, nunca dejan de sentir curiosidad.
(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.
Fotografía/Imágenes: Gentileza de KZP.





































































































