
Fuente: www.pichilemunews.cl – Por: Karina Zapata Peña (*) – 03.07.2026
Hay noticias que uno olvida antes de cambiar de canal. Esta no.
Vi imágenes de Afganistán donde algunos hombres salían a manifestarse en defensa de las mujeres, aun sabiendo que hacerlo podía traerles consecuencias. Apagué la televisión y, casi sin darme cuenta, empecé a pensar en Chile.
No, Chile no es Afganistán. Precisamente porque no lo es, me sorprende que todavía escuche discursos que presentan los derechos de las mujeres como si fueran un privilegio y no como una conquista.
No leas estas líneas como un ataque a los hombres ni como un rechazo a la familia. Léelas como la reflexión de alguien que intenta entender por qué hablar de igualdad sigue despertando tanta resistencia.
La memoria tiene un defecto extraño: cuando un derecho lleva suficiente tiempo existiendo, empezamos a creer que siempre estuvo ahí. Olvidamos las décadas de esfuerzo, las renuncias y el valor de quienes lo hicieron posible. Entonces aparece la frase que tanto me incomoda: “Ya consiguieron todo”, “ahora reclaman por cualquier cosa” o “ya no se les puede decir nada”.
Ningún derecho importante nació por cortesía. Todos tienen una historia detrás.
También me cuesta entender el doble estándar con que seguimos juzgando a hombres y mujeres. Escucho a hombres que hablan con orgullo de haber vivido “de todo”, pero que después buscan una mujer “sin pasado” para formar una familia. Siempre me pregunto por qué exigimos en otros aquello que nunca nos exigimos a nosotros mismos.
Hace poco un familiar me contó que, en una comunidad religiosa, alguien atribuyó la baja natalidad a que las mujeres habían salido a trabajar. Pensé que era una explicación demasiado simple para una realidad mucho más compleja.
Las mujeres siempre han trabajado. Muchas sostuvieron hogares completos sin recibir un sueldo, cocinando, limpiando, criando y cuidando. Ese trabajo fue durante demasiado tiempo invisible.
También sé que existen hombres que han acompañado estas luchas. La noticia que vi me recordó precisamente eso. No todos entienden la igualdad como una amenaza; algunos la entienden como una causa de justicia.
Lo que más me cansa no es que existan opiniones distintas. Eso siempre ocurrirá. Lo que me pesa es sentir que cada conversación sobre igualdad termina pareciéndose a una batalla donde alguien debe ganar y alguien debe perder.
Los derechos no deberían dividirnos. Deberían recordarnos que una sociedad avanza cuando amplía la dignidad de las personas, no cuando decide quién merece menos.
Quizás el verdadero peligro no aparece cuando un derecho desaparece de un día para otro. Tal vez comienza mucho antes: cuando dejamos de recordar por qué existía.
Esa fue la pregunta que me dejó aquella noticia. No qué tan distinto es Afganistán de Chile, sino en qué momento empezamos a mirar la igualdad como si fuera un exceso, en lugar de reconocerla como una conquista que todavía merece ser defendida.
(*): Estudiante Administración en CFT Pichilemu, emprendedora, cuidadora y part-time de lo que aparezca, multimasking por necesidad y TDAH funcionando como navegador con 20 pestañas abiertas.
Imágenes: Gentileza KCL.





































































































